
Tras el enorme fiasco del conciertazo de Miguel Costas el viernes nos dirigimos a toda velocidad con Sergi de Balaguer a ver a los míticos AC/DC.Tras llegar justitos de tiempo hacemos un bocata caro,pillamos unas birras,logramos sitio junto a la estatua ecuestre (a tomar pol saco,vaya)(qué contraste con las menos de 50 personas en el Cafe teatre para ver a Costas) y nos disponemos a flipar con lo simple,lo de siempre,pero el mayor espectáculo del rock and roll actual con permiso de sus satanicas majestades
Se prodigan mucho menos que éstos, espacian al máximo la publicación de sus discos (hasta la friolera de ocho años), sus canciones no aparecen disgregadas en Mp3 en ningún lugar de la cyberesfera, no editan recopilatorios que deprecian el cancionero de una banda, tocan en directo ocasionalmente y sólo en megalópolis y potentes regiones metropolitanas. Conseguir una entrada para uno de sus conciertos se considera milagro y se señala como digno de beatificación al que finalmente se agencia las dos entradas que permite el protocolo. Sé de lo que hablo. Para conseguir verlos este año necesité dos dolorosos intentos fallidos y la participación benévola del azar en un tercero que se aproximaba inexorablemente a la frustración. Quizá AC/DC sean muy rudos, pero nadie les puede negar erudición en temas mediáticos y mercadotécnicos.
Se presentaron en un atiborrado Estadi olimpic explotando el riff de "Rock’n’roll train", el primer single de su último álbum Black ice. A partir de ahí el concierto se convirtió en la liturgia esperada, un ritual secular de rock de masas aderezado de paroxismo emocional e identificación tribal. La banda se dedicó a descorchar un repertorio de clásicos entretejidos por cuatro temas del nuevo disco (especialmente jaleada la pieza "The big Jack"). No se conceden reposo alguno y el megaconcierto es un maremoto de rock peleón que te taladra los tímpanos. No hay baladas como en un bolo de los Rolling Stones, no hay medios tiempos edulcorados como en los de U2, no brotan tediosas excursiones a relecturas como en los de Dylan. Aquí la máquina arranca con rock que te carboniza y concluye sin que te dé tiempo a tomar aliento. Angus Young continúa en forma y se patea el escenario y la pasarela permanentemente, Brian Johnson ejerce de humilde escudero, y los otros tres miembros (Malcolm, Phil Rudd y Cliff Williams) son la base rítmica en la sombra que se comporta con la asombrosa precisión de un reloj suizo. Juntos se convierten en una apisonadora pasando por encima de un helado. Repitieron los guiños y la iconografía de siempre en un contexto de megalomanía faraónica. Allí estaban el mítico traje de colegial de Angus Young, la gorra y la camisa sin mangas que desenmascaran los brazos de leñador de Jonna, la camiseta del Barça para el cantante,el striptease de Angus en el blues "The Jack", la campana en "Hell bells", la gigantesca muñeca en "Whola lotta Rosie", el solo de guitarra de Angus en la plataforma elevada en mitad del estadio, los cañones de despedida en "For those about to rock" tras defender minutos antes la totémica y coreada puños en alto "Highway to hell".
Es una ceremonia laica de exacerbación sensorial. La feligresía les admira como dioses, pero ve en ellos a unos tipos de procedencia proletaria con los que podrían tomarse una cerveza. Ellos se sienten queridos. Se comportan como chavales divertidos con ganas de pasárselo bien. Derrochan el entusiasmo de un neófito y la energía de un recién llegado que pugna por trepar a lo más alto. Suenan como si salieran de las entrañas de la tierra, de ese infierno que tanto glosan en sus canciones. Su sonido te recuerda a una de esas gigantescas bolas de hierro que se utiliza para demoler edificios. Sales del estadio como si tú fueras la estructura de hormigón que acaban de convertir en una escombrera. Acabas de acudir a un concierto, pero sabes que es mucho más que un concierto. Y te largas feliz,cuando has sorteado el enorme atasco para salir de Montjuïc y hasta de la Gran Vía,todo el mundo sonríe a tu alrededor y miles de diablillos con cuernos iluminados vuelven a sus guaridas.
Pd.La crónica está fusilada de otro pero es que ni yo redacto así ni me da tiempo a hacer tantas entradas como el Cachorro.
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